

Hace poco más de dos años las celebraciones en todo el mundo por el 400 aniversario de la publicación de la obra más famosa de la Lengua Española y probablemente uno de los libros de ficción que más recurrentemente aparece en las listas de lo mejor de lo mejor en toda la historia. Las celebraciones incluyeron la emisión de una moneda conmemorativa de 2 Euros con la efigie del Ingenioso Hidalgo.
Todo lo que se pueda decir de Don Quijote de La Mancha, se ha dicho en cualquier otro lado... una novela complejísima con una cantidad apabullante de personajes y con situaciones que en la época de Cervantes, pretendían ironizar las narraciones caballerescas que seguían apareciendo en aquellos días. Don Quijote es una farsa y un testimonio célebre de los límites desdibujados de la locura. El lenguaje y las formas gramaticas que utilizó Cervantes han sido utilizadas como modelos, arrojándonos constantemente ante la paradoja de que una de las circunstancias que hicieron notable al Quijote fue justamente el uso especial y en contravención de las formas convencionales del castellano del temprano siglo XVII... luego entonces, tomamos como modelo ejemplar aquello que en principio pretendió ser un punto de tribulación y ruptura en el arte de la composición.
Volví a leer la novela hace dos años, en el marco de las festividades y en la nueva edición de lujo que editaron en conjunto todas las Academias de la Lengua Española de Hispanoamérica. Personalmente encuentro al Quijote como una obra intrigante y que tiene la extraña capacidad de parecer por momentos de una extensión inacabable como en un pantano estancado y en otros puntos, comprimirse y discurrir a la velocidad de un caudaloso río. Puede decirse eso de muchos libros, pero en el Quijote lo extraño es que los mismos pasajes que parecían lentos de pronto son fluídos y viceversa. Constituye entonces un ejercicio práctico de la indivisibilidad del lector con el texto.
Mi reflexión en estos momentos sobre el Quijote deviene más bien en este marco de los Motores de Lagado y la imaginación de las combinatorias exhaustivas contrapuestas con la labor creativa y justamente, la definición de la creatividad. Nuevamente recurro a Borges y la contumaz exploración que ha hecho de este tema en su cuento corto Pierre Menard, Autor del Quijote. En este cuento, que Borges escribe en ese estilo propio de él que pretende difuminar la frontera de lo real y lo imaginario, se describe a un personaje (¿ficticio?), Pierre Menard, dedicado a ciertos ejercicios literarios y filosóficos en una obra "visible" que dejó y que consta de algunos ensayos de temas extraordinarios que (nuevamente insisto) de ser publicados hoy en día, seguramente el lugar más apropiado sería un blog. No obstante, según Borges, Menard también nos deja otra obra invisible, desconocida por el público. Su obra es una re-escritura una re-composición de Don Quijote de La Mancha. ¿Qué despropósito es este? ¿Acaso una grotesca contradicción ("dislate" le llama Borges)? ¿Como podría Menard "volver" a escribir el Quijote? ¿No sería esto una mera transcripción? Aquí es donde viene la magia del relato. Borges inmediatamente niega que se trate de una transcripción, toda vez que la meta de Menard no era transcribir el Quijote, sino volverlo a escribir, ser Menard y en pleno siglo XX, llegar de nuevo a una escritura verbatim del Quijote. Nos dice de manera inmediata que la obra de Menard quedó inconclusa, que sólamente "[...] consta de los capítulos noveno y trigésimo octavo de la primera parte del Don Quijote y de un fragmento del capítulo veintidós[...]".
Mis fragmentos favoritos:
"[...] “Mi empresa no es difícil, esencialmente” [...] “Me bastaría ser inmortal para llevarla a cabo.” ¿Confesaré que suelo imaginar que la terminó y que leo el Quijote —todo el Quijote— como si lo hubiera pensado Menard? [...]"
Bastaría ser inmortal para llevar a cabo la empresa... ciertamente. Esta es la idea que se conoce en filosofía como Eterno Retorno, de la cual Nietzsche escribió bastante. Pero pensémoslo... es similar al Teorema de los Infinitos Monos: si tenemos la eternidad a nuestra disposición, eventualmente, en algún momento terminaremos escribiendo el Quijote, o un texto que palabra por palabra sea igual al Quijote. He aquí la primera trampa que percibo con la idea de la Biblioteca de Babel... si de pronto encontráramos un volumen que contiene el texto íntegro del Quijote, ¿cómo podríamos distinguir si se trata de la versión de Cervantes, la de Menard o la de algún otro inmortal que en el evo la ha ensayado...? Intrigante.
"[...] Es una revelación cotejar el Don Quijote de Menard con el de Cervantes. Éste, por ejemplo, escribió (Don Quijote, primera parte, noveno capítulo):
... la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.
Redactada en el siglo diecisiete, redactada por el “ingenio lego” Cervantes, esa enumeración es un mero elogio retórico de la historia. Menard, en cambio, escribe:
... la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.
La historia, madre de la verdad; la idea es asombrosa. Menard, contemporáneo de William James, no define la historia como una indagación de la realidad sino como su origen. La verdad histórica, para él, no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió. Las cláusulas finales —ejemplo y aviso de lo presente [...]"
¿Cotejar...? Comparamos la misma línea exactamente y Borges se imagina que la versión de Cervantes, que palabra por palabra es exactamente la misma que la de Menard adquieren un significado completamente distinto al adjuntar el contexto de la época y la identidad del escritor. La idea es sorprendente.
Pero el concepto final al que nos lleva esto es que si presuponemos la eternidad, o el Eterno Retorno, esa infinitud o finitud de magnitud aplastante se convierten en el solvente universal de la creatividad. La literatura pierde su sentido cuando la enfrentamos con el Motor de Lagado o cuando tenemos a nuestra disposición un ejército de monos infinitos con la eternidad a su disposición para replicar nuestra obra. El fin del arte es el retrato de este momento, de este breve suspiro que es la vida humana.
